En el capítulo 20 del Éxodo encontramos lo siguiente:

No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.  No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahveh tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,  y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

Es parte de lo que la tradición dice que contenían los mandamientos que Dios escribió para que Moisés se los comunicase a su pueblo y solo a ellos, que para eso eran el pueblo elegido para la alianza, aunque después se haya hecho prácticamente universal. Y la pregunta que me hago es: ¿Siguen los cristianos esos mandamientos?

El resto de los mandamientos se cumplen con mayor o menor pudor, pero estos que he citado me chirrían muchísimo, principalmente en Sevilla, donde cada dos por tres presenciamos adoraciones a esos ídolos (según la RAE: 1. m. Imagen de una deidad objeto de culto.), tallas de madera creadas con enorme destreza y arte, salidas del taller de un artesano, pintadas a mano y perfectamente cuidadas que representan principalmente a Jesús o a la Virgen María, Ídolos. Y no hay uno, hay cientos, miles… 

Cada vez que escucho la veneración con la que los sevillanos (generalizando, que yo soy sevillano y no lo hago) se encomiendan, no a Jesús, ni a Cristo, ni a Dios, sino a tal o cual advocación de la parroquia de la que son parroquianos desde shiquitito, como diría Lopera, se me corta el cuerpo. 

Cada vez que oigo eso de que la Esperanza de Triana es tal, mientras que la de la Macarena es cual… de verdad que me dan ganas de preguntarle a la gente: ¿En qué crees tú? ¿A qué adoras?

Cada vez que contemplo un besapiés me pregunto qué pensaría Dios si de verdad esos mandamientos que se supone que seguimos fueran inspiración suya. No sólo nos hemos hecho imágenes de lo que hay en el cielo, sino que los adoramos y veneramos como si fueran realmente Dios e incluso guardamos cola para besarlos.

Ojo, cada uno que crea en lo que quiera y que viva la religiosidad como mejor le salga, pero hoy tengo ganas de llamar a las cosas por su nombre.

 

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