Archivos para 22 octubre 2011

Los vasos comunicantes y otras cosas que tiene la física

¿Quién no ha visto un depósito de agua y no ha pensado “qué hace ahí arriba”? ¿Quién no ha visitado a un enfermo y ha dicho “y por qué está la bolsita de suero colgada en lo alto de una percha”?

Un vídeo aclaratorio de lo que básicamente es esto (por si no se ve el video, una imagen resumida de él):

Cuando echas agua en un recipiente, tenga los recovecos que tenga, el agua se distribuirá por él hasta alcanzar una altura homogénea. Cuando el recipiente no es muy complejo, no nos sorprende; una piscina por ejemplo, o un vaso de agua. Pero pasa igual en todos los casos, se tenga la forma que se tenga. Y esta obviedad tiene sus aplicaciones, claro.

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Como tantas otras cosas que creemos modernas, son más antiguas que el andar palante, y el porqué de estas cuestiones, ya se sabía desde hace la tira. Los romanos canalizaban el agua de sus ciudades precisamente usando este principio físico tan interesante. Construían sus depósitos en alto, y además en la zona más elevada que hubiera. Del depósito salían las cañerías que abastecían a la ciudad, que al estar a una altura más baja que el depósito, se llenaban por este simple principio. Hoy día en los edificios de nuestras ciudades se sigue usando, pues es la manera más fácil de que el agua llegue a todas las casas.

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En las bolsitas de suero de los hospitales pasa lo mismo. Al estar colgadas en alto nos aseguramos que el líquido entre en el cuerpo. Si la bolsita estuviera a una altura más baja que nuestro cuerpo, sería la propia bolsita la que se llenaría de sangre. Qué diferencia… Y todo por unos centímetros de nada. Pues sí. La presión atmosférica, que se reparte de forma homogénea.

Esto que comento forma parte de lo que en física se llama hidrostática, que es la rama que estudia los fluidos en estado de reposo. La hidrostática se basa en dos teorías, la de Pascal (el principio aplicado para que funcionen por ejemplo las prensas hidráulicas) y la de Arquímedes (el Búho de la peli Merlín el Encantador… O el pensador griego, no lo sé muy bien).

Pues el principio de Arquímedes me va a servir para explicar también otra de esas preguntas que se hace alguna gente: ¿Por qué el vapor de una olla hirviendo se va hacia arriba? ¿Por qué un globo de los que venden en la feria, si se me escapa se vuela hacia el cielo? y aunque parezca que no tiene nada que ver con las otras dos preguntas, ¿Por qué mi novia en una piscina pesa menos que fuera del agua?

Pues la cosa es que decía Arquímedes que un cuerpo que esté sumergido en un fluido va a experimentar un empuje hacia arriba, con una fuerza proporcional al peso del fluido que desplaza (porque ese fluido no desaparece, sino que se mueve de sitio, como cuando nos metemos en la bañera y el nivel del agua sube). Eso en cursiva es un poco raro y hay que leerlo dos veces por lo menos. Venga, te espero.

Osea, que si tiramos una piedra a una piscina, la piscina está empujando la piedra hacia arriba. Si mi novia se tira a una piscina y la cojo, parece que pesa menos. En realidad lo aparenta (cuando escuchemos algo de “peso aparente” significa eso, que es el peso de un sólido introducido en un fluido). ¿Dónde está el truco? la tierra la atrae a mi novia con la misma fuerza dentro que fuera de la piscina… La diferencia está en que la piscina la empuja hacia arriba, igual que hace con la piedrecita.

Y ya que hablo de piedrecitas… Una piedrecita chiquitita se hunde en el agua, pero en cambio un cacho gordo de madera flota…  ¿Acaso pesa más una piedrecita minúscula que una tabla de roble macizo? La respuesta está en la densidad de cada uno. La densidad es la relación entre cantidad de materia (masa) de un cuerpo y el espacio que el cuerpo ocupa (volumen). Una piedrecita ocupa un espacio muy pequeñito, pero tiene una gran cantidad de materia; es más densa por ejemplo, que la puerta en la que flotaba Kate Winslet en Titanic.

Y ya para concluir, diré que aunque no seamos conscientes, nosotros mismos vivimos continuamente sumergidos en un fluido. El aire. Porque los fluidos son tanto líquidos como gases, y el aire que respiramos y nos envuelve está formado por un montón de gases. Pues bien, ese fluido que es el aire, empuja hacia arriba un globo de doraemon de la feria. Y como da la casualidad de que la densidad de ese globo lleno de helio es menor que la del cacho de aire que está ocupando, la fuerza de gravedad no es suficiente para hacer bajar el globo, por lo que gana la fuerza arquimediana y tanto el globito de doraemon como el vapor de la olla se van a las nubes.

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El zorro y la zorra

El mágico mundo que es la lengua española y sus múltiples posibilidades a veces sirve para enmascarar casos de violencia bastante gordos. Doy por supuesto que todos conocen (por encima al menos) el caso de esta sentencia a un hombre por amenazas a su mujer, que la Audiencia de Murcia ha revocado.

Parece ser que los medios se han hecho eco de una conversación telefónica entre el hombre y el hijo de ambos:  «Dile a tu madre que va a tener que ir como las zorras, mirando por la calle para adelante y para atrás, porque en cualquier momento la voy a matar».

Según lo que dicen los medios de comunicación, la Audiencia de Murcia ha decidido que la pena de un año de cárcel y el alejamiento de su ex-mujer que se le había impuesto es excesivo, porque la palabra zorra no tiene por qué ser un insulto, así que mejor una semanita de libertad vigilada. Bien, pues voy por partes.

Primero, suponiendo que lo que se dice sea realmente lo sucedido.

Es cierto que en el español, los nombres de animales suelen usarse para describir cualidades de personas. Así, si eres un tío muy flojo, un vago, se dice que eres un perro. Si estás fuerte, estás como un toro. Si eres muy listo, estás hecho un zorro… Y así sucesivamente. Pero ocurre que cuando usas el femenino de esos animales para describir a personas (mujeres, evidentemente), perra, vaca y zorra no hacen alusión a las mismas cualidades. A priori al menos. ¿Debería ser así? Pues no sé si debería, pero la realidad es que es así, nos guste o no. Si tú llamas zorra a una mujer y se ofende, no te va a servir decirle “no no, me refiero a la quinta acepción de la palabra zorra que recoge el diccionario de la RAE, que eres muy astuta…”. Bueno, a lo mejor se da la circunstancia de que el que dice eso es una persona culta, bienintencionada, y que el contexto que rodea a la palabra coincide con el significado que damos a zorra, pero en este caso, no sé yo qué decirte. Las prostitutas (o su término despectivo “zorras”, también van por la calle mirando a todos lados (al menos las de mi calle). Si encima en la misma frase dice el tío que la va a matar… Pues apaga y vámonos. Aunque ya vemos que con algunos jueces sí que cuela.

Pero lo que de verdad me importa, o me parece la cuestión principal, es que el hecho de llamar zorra, pájara o lagarta a alguien, es lo de menos. Por favor, ¿de verdad lo más importante de esa conversación telefónica es el símil que hace el hombre en su recomendación a cómo debe ir por la calle la mujer, o la amenaza en sí de que la va a matar? Es que me parece que ya la puede llamar puta, mamona y chingatumadre que lo chungo del tema es que se la va a cargar.

En resumen, el debate semántico está muy bien, pero no nos quedemos con las formas, como hacemos siempre, y vayamos de una vez al fondo, que es lo importante de verdad. Si esa mujer muere (que dios no lo quiera), no sé yo si lo importante será si la llamó zorra o listilla.

Ahora bien, suponiendo que los medios sólo han recogido la parte que les ha interesado, hay que matizar. Porque parece ser que esa conversación entre el apdre y el hijo está un poco en el aire, mientras sí hay otra en la que también aparece la palabra zorra. La mujer llamó por teléfono al marido, con premeditación y alevosía, pues estaba grabando la llamada, y según parece (que aún no me he leído la sentencia), ésta le provocó con su actitud y sus palabras para que el hombre la insultase, mientras el marido al parecer mantenía una actitud no agresiva. La palabra zorra apareció en la conversación, pero por lo visto, ésta no era amenazante en ningún momento. Según parece, son ésos y no otros semánticos, los motivos que han llevado al juez a cambiar la condena.

Y es que este es otro tema, el de las mujeres sin muchos escrúpulos que con tal de ganarse unos euros son capaces de decir que su marido las maltrata, porque saben que tienen todas las de ganar. Es muy triste, y no digo que éste sea uno de esos casos, pero ocurre chorrocientas veces.

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