Cuando a mi yayo no le gustaba el fútbol

Tengo muy poquitos recuerdos de esa época, pero aquí va alguno. Todos los años, en las fiestas del colegio se organizaba un torneo de fútbol en el que competían las 5 clases de cada curso. Era sin duda el momento más esperado del año. En todas las clases hay algún chavalito predispuesto a ponerse de portero siempre, que aunque en principio puede parecer aburrido, empíricamente es la forma más efectiva de tocar la pelota más que nadie, y te da además la posibilidad de sacar de bombo, lo cual es el mayor gustazo que se da en el recreo cualquier chavalito de 7 años.

En 2ºD no teníamos portero. En los recreos de hecho se ponía cualquier niño de otra clase, y yo, claro era uno más de los que enloquecían siguiendo a todoslos demás, sin oler siquiera la pelota, Es curioso, porque entonces sabías que como mucho érais 40 corriendo con un objetivo claro, y no te parcían muchos, pero es que si ves ahora un partido de niños de 7 años te parecen miles de pollos sin cabeza corriendo en bandadas segñun sople el viento, todos detrás del balón aspirando a darle una mísera patada, da igual la dirección… Pues ese era el panorama cuando aquella mañana todos los niños bajamos corriendo las escaleras de la clase rumbo a la pista de “furbito”.

¿…Quién se pone?

Yo, que era bastante más despierto que ahora, pensé: si me pongo voy a ser el que más juegue de mi equipo, porque siendo tantísimos niños cada uno va a jugar muy poquito, menos el portero que no se cambia…

Venga, me pongo yo.

Nunca antes me había puesto de portero en el colegio. De chico mi padre me chutaba tiritos en el parque, pero luego se los devolvía yo a él, no es que yo me sintiera atraído de ninguna forma por la portería. ¿Y qué pasó ese día? Pues no pasó nada, perdimos y se acabó la liga para nosotros. A nivel colectivo fue un fracaso, fracaso esperado porque el otro equipo tenía a los niños que más adelante serían las figuritas que despuntaron durante todo el colegio, pero a nivel personal, ese día supuso una revelación. Cuando Pablo de Tarso se cayó del caballo debió sentir algo parecido a lo que sentí yo ese día. Qué sensación más grande, en serio. Si eso me hubiera ocurrido con 13 años, esto sería una gilipollez, pero no, gracias a Dios que fue con 6 años y me impactó de tal forma que hoy es lo que más de orgullo me llena.

Y cómo son las cosas, que al año siguiente alcancé la cima del mundo. Porque si tú haces una encuesta a cualquier niño de 3º de primaria preguntándole qué sería lo más grande que puede pasarle en la vida…

a) que mi padre me compre un kiosko
b) sacar un 10 en tooooodos los exámenes que haga
c) ir de vacaciones a Tasmania (con lo que significaba entonces el diablo de Tasmania)
d) meter el último penalty de la liga, con el que tu clase gana la copa/parar el último penalty de la liga, con el que tu clase gana la copa (Si eres portero).

Final del torneo, jugamos contra la C, equipazo que contaba entre otros con Elena (chavala por la que 6 o 7 años más tarde babearía), que era mejor que la mayoría de los niños, y sobre todo con la estrella, Costa, que como cualquier chico más popular de un curso, era superbueno jugando al fútbol. 0 – 0 al término de los ¿30? (No lo sé…) minutos reglamentarios. Todo se va a decidir en los penaltys… Último penalty, nadie ha fallado aún. Bajo palos el jugador (y portero también) más chiquitito de todo el curso, que no llega al larguero ni con una grúa. En el punto de penalty el mago del balón, el gran Costa. Tensión máxima. Más de cien chavales y chavalas (que ya empezaban a llamarme la atención también, claro que sí) al rededor ya no del campo, sino del área de gol. Ahí va Costa. Coge carrera y chuta…

El tiempo se detiene. Por un momento me veo desde el público a mí mismo, bajo palos, dando el salto de mi vida…

El salto debió ser brutal, según me han comentado años después los que lo vieron, el balón iba a la escuadra izquierda de mi portería y esa no la paraba ni Unzué. Pues aquella mañana parece que yo fui más grande que Unzué (qué yuyu decir algo así de mi ídolo)… Sólo recuerdo el balón subiendo y subiendo, yo estirando los brazos hasta el infinito, y detrás el cielo azul impoluto. Y luego los gritos de los niñós de mi clase que vinieron corriendo a abrazarme. Costa llorando, igual que todos los demás jugadores de la C (menos Elena, curiosamente la única niña fue la que no lloró…).

Volviendo al cuestionario, obviamente a la mierda Tasmania, que le den viento fresco al kiosko, y los dieces para las niñas chillonas, que yo me quedo con la gloria de parar el penalty decisivo y recoger la copa de campeones de 3º.

Juzgar algo que me pasó en la infancia como lo más feliz que me ha ocurrido puede parecer un poco triste, pero a mi entender es una bendición. Ya da igual lo que pase, que yo paré ese penalty, y eso no me lo quita nadie.

En verano mi yayo preguntaba: “¿Dónde se mete el chico?”. “Está viendo el fútbol en la habitación de fuera”. Yo me iba al cuartillo de los juguetes, que había allí una tele, y me ponía en silencio a ver el mundial de fútbol. Mi yayo venía y se sentaba allí a mi lado, miraba la tele y me miraba a mí… Imagino que pensaría que cómo algo tan aburrido me puede embelesar tanto… Y esta noche, 16 años después, mi yayo llama a mi casa para darme la enhorabuena, porque el Sevilla acaba de meter otro gol al Real Madrid. Al final hemos perdido, pero esta noche me da igual.

– ¿…Y tu juegas al fútbol también?
– Si, de portero, y paré el penalty de la copa
– Anda… Mira tú…

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