Vlad Draculea, el empalador

A mi padre le encantan las pelis de vampiros, es un friki, y el conde Drácula es uno de sus personajes favoritos. Yo, para ver a gente que te chupa la sangre prefiero ir de visita a la jefatura de tráfico.

Pero en cambio, sí me llama la atención el personaje histórico del cual Stoker cogió el nombre (y sólo el nombre) para su prota. Y como estoy con ganas de contar cuentecitos, pues allá voy con la historia del héroe nacional Rumano, Vladislaus III Draculea, el empalador.

Empezamos situándonos un poco. Toda esta historia se desarrolla durante el siglo XV en lo que hoy vendría a ser la Europa del Este. Para empezar nos encontramos con los musulmanes al sur, los cristianos al norte y el Danubio en medio separando. Dentro del territorio cristiano está por un lado Hungría al oeste, Moldavia al este, y entre medias los principados que componen lo que hoy es Rumanía: Valaquia y Transilvania.

Vlad II Dracul era el voivoda de Valaquia. Eso de voivoda es un título eslavo que para nosotros es sinónimo de príncipe.

Su apodo viene de cuando Vlad II ingresa en la orden del Dragón, y al chico se le quedó de sobrenombre. El problema es que en la mitología rumana no existen los dragones, y la palabra húngara “drac” allí no tenía mucho significado, así que por analogía fonética pasó a “dracul”, que significa demonio.

Para conservar el trono en Valaquia era necesario tomar algunas medidas cautelares, como mutilar a posibles rivales, eliminar a su descendencia y esas cosas. Pues Vlad II, además, se pasó un poco por la piedra los principios de su honorífica y cristiana orden del Dragón y se alió con el Imperio Otomano. De hecho, en 1444, para que los turcos vieran que le tenían encandilado, les entregó como “rehenes” a dos de sus hijos, Radu el hermoso y Vlad III. Mientras, en Hungría no sentaba demasiado bien que Vlad II fuera coleguita del Islam, y en 1447, el rey húngaro ordena quitar de en medio a Vlad II, que es asesinado. Abierta de nuevo la guerra por la sucesión, Vlad III Draculea (o Drácula, que significa “hijo de Dracul”) es el candidato turco al trono, pero el gato al agua se lo llevó finalmente el candidato húngaro, y Draculín tuvo que huir a Moldavia, donde se dedicó a hacer amiguitos y crear alianzas para un futuro. En 1456 muere el rey de Hungría y Vlad III, que ya ha hecho amigos, decide atacar Valaquia y ahora sí que consigue el principado.

Lo primero que hizo, como buen voivoda valaco, fue llamar una a una a todas las familias que habían tomado parte en las luchas de sucesión, empalándolos a todos, quitándose así a la competencia, y de paso a sus mujeres y a sus hijos.

Aún así, algún oponente se escondía por ahí, como Dan III, que en 1459, con el apoyo de la ciudad transilvana de Brasov fue a atacar a Vlad, pero no le salió bien la jugada. Después de aniquilar a su ejército, Vlad le hizo cavar su propia tumba, rezar sus oraciones fúnebres y lo decapitó. La ciudad de Brasov se echó a temblar, y no es para menos. Vlad decidió que sería bonito empalar a los 30.000 ciudadanos. Como es lógico se les hizo de noche empalando, así que para iluminar aquello le prendió fuego a la ciudad, para alumbrar mientras cenaba (porque el espectáculo le dio hambre…). Entre los empalados que agonizaban, sangre y vísceras, uno de sus invitados a la mesa se tapó la nariz. Vlad ordenó que le empalasen, pero en una estaca más alta que las demás, para que allí no le molestase tanto el olor. Y así poco a poco se le fue conociendo como Vlad Tepes, que en rumano significa “el empalador”.

Las estacas medían entre 3 y 4 metros de largo y las introducían generalmente por el culete (aunque con las mujeres preferían otro orificio…) y ya se sacaba por donde se quisiera, por el abdomen, por la clavícula… Intentando no dañar órganos vitales, para que fuera más divertido (una agonía de un buen puñado de horas). Y allí se les dejaba formando lo que llamaban “el bosque de empalados”.

Un buen día, el sultán Mehmed II (en un ataque de lucidez) le exigió una serie de tributos, pero parece ser que la propuesta no fue del agrado de Vlad, que después de empalar a los emisarios turcos, cruzó el Danubio y arrasó cuanto encontró. El tío envió un mensaje a los húngaros diciéndoles que había matado almenos 23mil y pico de turcos, a los cuales cortó la cabeza y las contó a ver cuántos eran, pero en realidad murieron muchos más, porque no pudo contar a los que incendió, que parece ser fueron mayoría.

Los turcos se encabronaron una miajilla y un ejército de unos 70.000 invadió Valaquia para mandarle a dormir con los peces, pero el muy cuco se escondió en el bosque, a lo proscrito. Una noche se infiltró con su ejército en el campamento turco, y la lió parda. Estuvo a puntito de matar al sultán, pero el chico se equivocó de tienda… ( como dirían los japos: ¬¬U ). Aún así, el tío dio una lección de matanza express, y cuando los turcos se quisieron dar cuenta, el campamento estaba arrasado, la mitad desangrándose y Vlad escondio otra vez por el bosque. Los turcos, aunque un poco acojonadillos, se desquitaron arrasando toda ciudad que encontraron, mientras Vlad organizaba pequeñas escaramuzas.

El sultán decide entonces colocar en el trono quasi-abandonado de Valaquia a Ragu (¡El hermano de Vlad!) que se había quedado con los turcos y ahora era uno de ellos. Y la mayoría de los líderes del momento le apoyaron, porque cualquier cosa sería mejor que un palo por el culo. No obstante, el recién coronado rey de Hungría, Matias Corvino, se puso en contacto con Vlad para darle su apoyo, y de regalo a su hija para que la montara. Vlad, inflamado de amor, fue para allá raudo y veloz, pero nada más llegar le apresaron (porque por muy cuco que seas, cuando se pone una mujer por medio uno se descentra…). Al tio, no sé por qué, no le mataron, sino que le tuvieron allí encarcelado 12 añitos. Y claro, Vlad se aburría mucho porque ahora sólo podía empalar gatitos y ratitas… Pobrecito.

Pero tranquilos, que en 1475  Corvino le liberó para que comandase su ejército junto con Esteban de Bathory (los Bathory, otra familia de estas ejemplares…) contra los turcos. Y tras algunas victorias entusiastas, Bathory se vuelve a Transilvania con la sensación del deber cumplido, pero a Vlad le dejó con el culo al aire y tras varios ataques, al final fueron sus propios hombres, imagino que un poco confusos por no saber de qué lado estaban, quienes se lo cargaron. Su cara y su melena fueron arrancadas del craneo y llevadas como trofeo a Estambul, acabando aquí la historia del pobrecito Vlad.

El hombre un poquito de miedo sí que metía, pero miraba por los intereses de su patria. Por ejemplo, decía que los mendigos, los pordioseros, los ladrones, los tullidos… No aportaban nada a la sociedad, así que decidió invitarlos a un banquete en una gran casa a las afueras, donde luego cerró las puertas y prendió fuego a la casa con todos dentro, y así fue haciendo por cada comarca de Valaquia. Eliminó la pobreza cargándosela, y efectivo fue desde luego, pues en la plaza de Targoviste (su capital en Valaquia) dejó un copón de oro junto a la fuente, para que bebiera de él quien quisiera, y nadie se atrevió nunca a robarlo hasta varios meses después de su muerte.

Y por cierto, como ya os imagináis, no chupaba la sangre del cuello de nadie, pero por lo visto mientras desayunaba  ante el bosque de estacas, mojaba el pan en un cuenco con la sangre de los empalados… Algo es algo.

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  1. #1 por hdimassimo el 10 julio, 2009 - 07:18

    Vamos que éste hombre hace amigos allá donde va. O mejor dicho los hacía. Ya conocía la historia de Vlad III, Dracula para los amigos, pero me ha encantado la manera en que la has narrado.

    Un abrazo.

    P.D. visita mi nuevo blog http://rockinandblogin.com/hardasrock/

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