Volar

Ha ocurrido un desgraciado accidente. Recemos para que su alma encuentre el camino hasta la casa de nuestro linaje.

La ciudad está de luto. Un accidente… Presenciado por un único testigo.

El hijo menor del rey, lleno de envidia, ha empujado a su hermano, el heredero, desde la ventana de la más alta torre. Su cuerpo yace en la falda de la colina, donde algunos campesinos curiosos se acercan a comprobar quien es el infeliz.

El menor, al girarse satisfecho hacia las escaleras, encuentra delante suya la mirada desencajada de un joven, con la túnica manchada y algunos pinceles que sostiene a duras penas entre sus pequeños dedos.

El joven pintor, talento de la corte, fue recluido en una celda, a oscuras, incomunicado. Llegado el momento se decidió que se le llevaría lejos, donde nadie pudiera enterarse jamás de lo que había visto, y como castigo por su presencia inoportuna, sus ojos serían cegados con hierros en llamas. El joven suplicó amargamente que le matasen, pues aquél que le imponían era el peor castigo posible. Su vida sin poder ver el mundo no tenía sentido alguno.

El encargado de tan cruel tarea, casi conmovido por la suerte de aquel chico, le condeció la vista hasta que llegasen a su nueva prisión.

Podrás disfrutar del mundo, y cuando lleguemos te libraré de ver la piedra que te abrazará hasta que tu cuerpo quede convertido en esquejes

Despertó una mañana y la oscuridad le invadía de nuevo, como hacía cada día desde que llegase hasta su nuevo hogar. La rendija de la puerta se abrió, y un plato con algo de alimento cayó al suelo. Tanteó como pudo, agachado sobre sus rodillas, tan doloridas, que apenas sentía el frío de la piedra que lo acariciaba. Comió lo poco que encontró dentro del cuenco, y lo menos aún que consiguió recuperar de aquel suelo húmedo. Y así pasaron los días y las noches, lentamente…

No podía saber cuánto tiempo llevaba allí encerrado, pero la rendija se abrió de nuevo, y del exterior trajeron como cada mañana su cuenco, que al caer sonó distinto. Al ir a recogerlo, notó con sus dedos un objeto de madera fino y alargado, con cabellos de mujer en sus extremos. Dentro del cuenco, unas bolsas de cuero que desprendían un olor  familiar…

Comenzó a pintar en la roca. Veía con la nitidez de un corazón que no acepta estar recluido. Pintó los árboles, las montañas, y hasta nubes que volaban sobre el mundo. No paró de pintar, más allá del horizonte, y aquella celda que sólo él podía ver dejó de ser prisión para ser libertad. Sus pájaros cantaban, y él lo escuchaba. El río tronaba en su nacer y bajaba con prisa hasta que se perdía en el mar. La nieve llegó a los picos, el sol nacía y se ponía, y aquel mundo cobraba vida.

Pasaron los meses y cuanto más se iluminaba su mundo, más se apagaba su vida.

Cuando lo vio por fin terminado, supo que aún faltaba algo. Pintó un caballo blanco, con las patas doradas por el sol de poniente, y a su lado un joven de túnica manchada, con pintura entre las uñas, que agarraba las riendas con firmeza.

El chico subió al caballo y se alejó hacia el horizonte, de donde nunca volvió.

  1. #1 por ktulu el 3 junio, 2009 - 12:36

    basado en un cuento que leí hace muchos años, y que espero llegar a recuperar algún día

  2. #2 por LorexD el 4 junio, 2009 - 11:57

    Joder, pues me ha encantado. Deberías escribir más historias de estas ^___^

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